martes, 26 de octubre de 2010

No vas a venir


No vas a venir 

lo sé,

lo intuye el corazón
y sin embargo
te busco entre la gente
que pasea
ajena a mi cansancio.

Una tristeza amarga
se ha aferrado a mis huesos.
Causa espanto mirarla
pero en ella
se refleja mi alma
como en el lago inmóvil
que contempla azorado 
mi quietud infinita.

El ocaso acecha agazapado entre los fresnos...
Así,
rendida,
soy una presa fácil.
La oscuridad que brota por mi piel
me va envolviendo
sucia,
usurpadora.

Está tronando.
El cielo
amenaza con caerse sobre mí
deshecho en llanto
¡qué frío siento!...

No vas a venir.
No llegarás
a rescatarme de tanta deslumbrante soledad,
a secar con tus dedos mis lágrimas
a aliviar el dolor...
y este sabor pastoso a muerte
que reseca mis labios.


lunes, 25 de octubre de 2010

Arrebato


Te recibió mi mar
aullando atronador
frío y marrón
revoltijo de espuma.

Se acercaron gaviotas
a curiosear,
acaso tus juguetes
o tu risa.

Un trozo de celeste
se abrió paso entre grises
para admitir al sol
durante un rato...

Te vi,
brillando a mediodía...
llevabas en tu rostro
mi niñez,
en tus manos mi arena,
en tus pies chiquititos
el frío de mis olas que orilleaban
inquietas...

Te vi...
arrebatándome el espacio de mi dicha,
arrebatándome el mar,
que desde entonces
no ha vuelto a ser tan mío,
solo mío...
porque ayer
       se enamoró
                  de tu inocencia.

jueves, 7 de octubre de 2010

A Luis

Luis convivió con una enfermedad degenerativa desde que era muy jóven. Al principio cojeaba notablemente, luego una de las piernas empezó a acortársele hasta que tuvo que cambiar el bastón por unas muletas. Los dolores de espalda no le impedían montar en motocicleta, pintar, ni tocar la guitarra... tenía una  voz preciosa...
Una mañana no pudo ya levantarse y comprendió que tendría que usar en adelante una silla de ruedas, y en ella lo recuerdo, jugando con sus sobrinos sobre las rodillas, inclinado sobre un lienzo debidamente colocado a su altura, o afinando la guitarra, cuando en las reuniones de amigos la alegría amenazaba con decaer.
El pesimismo y la desesperación estuvieron a punto de ganarle la partida cuándo su mal empezó a extenderse por los miembros superiores... la pintura y la música eran su vida... y se esforzó en no perderlas con una determinación casi heroica.
Cuando también sus manos le abandonaron, se le murieron los pinceles, y reclinada en un rincón, su guitarra quedó muda, se embarcó con más coraje que fuerzas en la grabación de un disco, para que al menos su voz, permaneciera inmutable. 
Sus últimos meses, que fueron demasiados meses... hasta convertirse en años... los pasó en la cama deprimente de un hospital, cantando para animar a sus compañeros de viaje, enfermeras o enfermos, disimulando el dolor que lo devoraba e inventándose sonrisas parecidas a mariposas... 
Junto a su lecho, Susana, siempre Susana, tan joven, tan sola, serena, aguerrida, amante y compañera... el beso, la caricia, la ternura infinita en la que recostar el alma cuando ni el alma encuentra descanso...
El día que se fue, me brotó entre los dedos una poesía, que ni siquiera es buena, porque nació nublada de lágrimas, infectada de una bronca amarga... pero es suya, no mía, y por eso la conservo.

                                    A  Luis ...


Febrero, veinticinco...
se encendía una estrella allá en el sur,
se apagaba una hoguera acá en mi orilla...

Se tiñó de acuarelas nuestro mar
y rondaron las gaviotas
aquel faro sombrío de tu lienzo.
Rumbeaste hacia la luz
cansado de las luchas y designios
de los hombres, y
nos dejaste quebrados de dolor
pero sin lágrimas
ahogando la tristeza en tus recuerdos.

Ya estaba bien de luchas sin cuartel
y sin remedio,
de cárceles sin sol ni amanecer,
de blancos carceleros, y lechos
sin delicias de amor
ni sueño,
ni descanso...
Ganaste tu añorada libertad
y nos quedamos presos de tu adiós
y de tu ausencia espesa
o descarada.

Se te olvidó decir si volverás,
sin embargo,
yo intuyo
que cualquier día de éstos
pintarás una aurora para mí
tornearás nubarrones azulados
semejantes a guitarras
y tal vez cantarás alguna lluvia
torrencial...
si estás contento.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Después de la tormenta.

El cielo ha regurgitado unas hebras de sol que se mezclan indolentes con tus calles desnudas justo antes de extinguirse.
Ha cesado la lluvia solo por un instante y la luna celosa se exhibe entre las nubes. No quiere aparecer presa en la bruma y ha convocado al viento que se mueve ligero deshaciendo vellones con sus andares tibios.
Incólume la vida de las charcas se agita después del temporal y de la muerte oscura…  un remanso de paz luego de la tormenta... y se escucha por fin el croar de ranas, el canto de los grillos, el goteo del agua que cae desde los árboles…
Unos cuántos gorriones se bañan en los pequeños charcos, locos de algarabía, haciendo la delicia de los niños que se asoman curiosos al final de la calle.
Yace carbonizado, aún presa del fuego, un eucalipto antiguo, un gigante batido, como partido en dos por un cañonazo, y atravesado en medio de la senda… Bajo los destrozados nidos se adivinan los huevos aplastados por la dura caída… recuerdos desgarrados de la muerte hecha rayo.
Una pareja de zorzales pía, inquieta y afligida; pía y rebusca entre los restos de la tragedia,  mientras la tarde agoniza y se pinta de naranjas, de rojos, de amarillos… y asoman timoratas, las primeras estrellas.



lunes, 4 de octubre de 2010

Jueces


El mundo está plagado de jueces sin toga que continuamente se toman la libertad o la desvergüenza de condenar a diestra y siniestra sin reparar en gastos ni en medidas.
Innumerables “ministros de sus propias verdades” que defienden o acusan, absuelven o incriminan con la facilidad y la insana alegría que les permite su propia ignorancia.
Es así que hoy en día ninguno nos libramos de ser enjuiciados, sentenciados y quemados en la hoguera del despropósito y la vergüenza.

Y lo más triste es que no reparamos en que todos nosotros nos transformamos, en algún momento, en uno de ellos.
Somos, sin darnos cuenta, “poseídos” por uno de esos monstruos y nos convertimos en “señaladores implacables de los errores ajenos”. Es entonces cuando ciegos y sordos, nos tomamos la libertad y el derecho de reprender, apostillar, opinar, criticar, defender o inclusive emitir nuestros propios veredictos en patrocinio de unos conceptos que también obtuvimos, en la mayoría de los casos, de forma inconsciente o banal o fortuita.

Porque siempre resultará más fácil mirar hacia la acera de enfrente, hacia el vecino insolidario, hacia el amigo o el enemigo, hacia los padres severos, los hijos inadaptados, los hombres en general, o las mujeres en particular, hacia los maestros sin vocación o sin consuelo, los periodistas sin moral o los políticos sin decoro, que pararnos a observar nuestras propias miserias interiores.

Reclamamos piedad para nuestros defectos y errores, mas adjudicamos sentencias condenatorias a diestro y siniestro sin previa reflexión y sin ningún miramiento.
En nuestra inmensa mezquindad creemos lícito disculpar nuestra pobreza de espíritu pero nos resulta imposible no señalar las pequeñas vanidades ajenas.
Tal como dijo un gran Hombre hace más de dos mil años... “la paja en el ojo ajeno”.
¡Qué fácil ser espejo y reflejar la impureza del otro y qué difícil mirarnos en su espejo y descubrir nuestra propia e ilimitada monstruosidad!

“El mundo está como está por culpa de las certezas” nos recuerda una canción para muchos desconocida, y es que la peor certeza de todas es, la que nos convence sin titubeos ni escrúpulos, de nuestra propia santidad y nos otorga por consiguiente la “terrible y pragmática misión” de desvelar las maldades ajenas. Así nos va.


sábado, 2 de octubre de 2010

Los años muertos


Regresar al dolor de tus arenas
y contemplar tus noches envueltas
en girones de nubes,
sería renacer de mis cenizas
cual el ave inmortal de los misterios egipcios,
y aún así, retornando a tu seno,
 y a tus aguas,
los años que se han ido con tu ausencia
seguirían estando muertos en mis manos.

Caminar otra vez aquella calle
impregnada del olor del eucalipto,
contemplando las raíces retorcidas
que el paso del tiempo dejó al descubierto
abriría las compuertas de la presa
que cerraste aquel enero en que te abandoné.
Y si añades a esa dicha infinita
las voces de mi mar,
el soplo del Pampero,
el ruido de la hojarasca amontonada
durante interminables otoños
en aquel, nuestro parque,
entonces, alma mía,
el Ave Fénix, apenas renacido
volvería a consumirse en su nido de incienso
preso de la dicha suprema
de contemplar tu cielo
iluminado por la Cruz del Sur,
que se había muerto
en mi alma exiliada.

Pero aún así,
acunada en tu sonido,
empapada de tus tonos pastel,
recubierta de tu llanura interminable,
encallada entre tus amaneceres rosados,
aún así, tierra mía,
los años que se han ido alejando
con tu ausencia premiosa
estarán muertos para siempre
entre mis manos trémulas, mojadas de llanto.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Rendición

Cuando alzó la mano un relámpago en su mente le mostró la imagen de sus niños mirándola con los ojitos llenos de interrogantes que no podría responder sin recurrir a las mentiras…  de la mesa de cristal sin mantel, en la que solo había un plato de arroz blanco, media barra de pan y el frutero vacío…
Tuvo la premonición de innúmeras noches a la luz de una vela, con frío y sin estufas… de un barreño azul con agua calentada en el “Campingaz”, en el que bañaba a sus pequeños ayudándose de una jarrita de plástico... 
Se contempló dejándolos solitos a las once de la noche, con suerte ya dormidos, otras veces llorando… para irse a revolver los contenedores de basura del hipermercado en busca de yogures caducados, o alguna cebolla medio podrida.
Vio los recibos del gas y de la luz, colgados con un imán de la nevera… sin pagar desde marzo…  y advirtió su propio sobresalto al escuchar el timbre del teléfono… ¡malditos acreedores!
Le aulló una voz en su cabeza el llanto de Rebeca que no podría, un año más, ir a la excursión al zoo con todos sus compañeros. Y contempló su decepción con el alma en un hilo…
Detuvo por un momento su mano.  Solo  un instante de tregua, eternizado por la reflexión y el silencio, hasta que hizo su aparición la demoníaca sombra desafiante y le espetó a la cara: “No puedes resistirte. No lo harás…”

Y se rindió al horror de lo inevitable, con un dejo culpa y mucho de cómodo abandono.
Su mano volvió a alzarse para meter en la ranura otras dos monedas, con la esperanza de que esta vez sí, salieran por fin, los tres limones.
Publicado por primera vez en "Luces y Sombras" de "Léptica" Revista on line.-
Nahir Subelzú

sábado, 25 de septiembre de 2010

Lapsus a Divinis...

Desde la eternidad y el infinito los Dioses siempre nos han mirado sin compasión ni condolencia. Con la impiedad de quien se conoce perfecto e imbatible se regodean desde el palco del Gran Teatro Universal mirando pasar la Historia con sus fantasmas y sus quebrantos, mientras en el escenario se debaten los actores, entre la vida y la muerte, preguntándose por el sentido de la obra, revelándose contra lo inevitable, indagando en lo desconocido hasta terrenos prohibidos y vedados, castigados si traspasan los límites, olvidados si se conforman a consumirse como cirios sin más esperanza que la de sobrevivir otra década, otro invierno, o tal vez, tan solo otra hora  perdida en inmensidad del tiempo...


Ante tal despropósito y tanto desamparo, surge a veces, alguna Diosa clemente  que,  como hiciese Afrodita con  Telémaco, nos acompaña en algún tramo del camino, nos consuela o nos alienta para que seamos capaces de continuar con denuedo, aquello que comenzó hace milenios, el ciclo vital que a todos nos envuelve y nos arrastra, con más o menos gloria, hacia lo desconocido.

Mas… la comedia sigue, transmutada a menudo en drama; la rueda continúa su giro interminable, el péndulo prosigue su perpetuo vaivén, y los hombres implorantes de auxilio, ni siquiera reparamos en aquella deidad, que transformada en madre, en sol, en poesía, en sonrisa, en música, ha bajado del cielo para ofrecernos su mano extendida y sacarnos del pozo de la absurda oscuridad que nos apresa...
A veces, esa Diosa clemente nos ofrece la redención hecha consciencia. La humanidad entera sin embargo, ciega y borracha de su propia vanidad, ni siquiera reconoce a sus más diligentes salvadores.

Siempre ha sido así... el hombre revolcándose en la pocilga de su propia ignorancia, mientras alardea a los cuatro vientos de su irrecusable superioridad.

Para colmo, cuando entre tanta confusión y profusión de abusos e ignominias surge alguna Alma Grande, entonces, igual que los dioses impíos y crueles contra los que levantamos el puño, nos alzamos para reprimir, juzgar y condenar a nuestros bienhechores, porque somos así, estúpidos hasta el aburrimiento.

En alas de la ciencia sin conciencia, es que agoniza Gea, entre espantosos sufrimientos, envenenada su sangre, exterminados sus hijos, condenada a la desolación.
En alas del progreso enterramos la buena costumbre de conocernos, de conversar, de compartir el momento del descanso... En alas de la prudencia nos ataviamos de miedos y desconfianzas…

Y es así que si se revela algún dios-hombre abogando por la igualdad, lo encarcelamos por subversivo, si surge algún adalid de la libertad, lo ajusticiamos en nombre de la política, algún héroe reclamando la paz, lo asesinamos en alas del virtuosismo, algún defensor de cualquier forma de vida, lo condenamos a la muerte del ridículo.

Al fin y al cabo, parce ser que aquellos dioses crueles, distantes, arrogantes, tiranos,  de los que tanto hemos maldecido, a los que, con tanto empeño hemos desterrado, estaban hechos nomás, a nuestra imagen y semejanza.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Zapatillas de algas.


(A mi madre, tan lejos y tan cerca en todos los instantes)

Antes de que te vayas quiero decirte que, en tantos años, ¡y tantos!, no he podido construir un solo rinconcito en el que imaginar ese lugar en el que vos no estás.



No encuentro una razón para pensarte ausente ni siquiera en la muerte. No concibo una hendija en la que no residas, aunque difuminada en la distancia.

Antes de que te marches quizás en busca de palabras blancas y chiquitas, que leer recostada en la medianoche, o a esperar el alba con los ojos nuevos, llenos de atardeceres contemplados, quiero entregarte la mariposa azul de mis poesías, el destello marrón de mi mirada, posada en la montaña que no has visto, pero sé que amarías si miraras.



Antes de que una distancia amarga y sólida nos separe otra vez, pálidas y desmembradas, quiero que sepas que no ha habido una historia más hermosa, más tibia, más llenita de agua, que la que de tus labios, junto a la chimenea germinó hipnotizante cuan música de duendes, allá en la casa antigua que fuera nuestra casa.



Sabe pues… si partes algún día, allá adónde vos vayas, seguiré tu rastro de pisadas en la arena, con zapatillas de algas…

Publicado por primera vez en el blog "Las Pasiones de la Duquesa" de Raquel Viejobueno.