Se lanza desnuda al vacío del perdón
con los ojos cerrados
y los dedos cruzados, por si las moscas.
Si el salto sale bien, volará hasta
posarse suavemente en
las rutinas azules, en los instantes de
serena
complicidad y en el agua mansa del placentero
cansancio compartido.
Si sale mal se estrellará una vez contra los
arrecifes y
después de unos minutos de insoportable
dolor, quebrada y vencida,
el aroma de la muerte guardará
su secreto para siempre…
Quizás valga la pena el riesgo. Nunca se
sabe.
